PERFIL

Diego Carcedo, periodista, asturiano de Cangas de Onís. Fue director de Radio Nacional de España. Corresponsal en Nueva York y Portugal. Es Presidente de la Asociación de Periodistas Europeos.

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Jodidos pero felices

28 de abril de 2012



Los habitantes de Fucking, el pueblecito austriaco cuyo nombre desencadena polémica desde antiguo, están hechos un lío, con la “picha” y con la imagen. Reconocen que ahora, en que quien más quien menos sabe algo de inglés, el nombre de su pueblo, que en alemán es anodino, en cambio en inglés significa jodido y eso choca a la perspicacia ajena, claro, provoca chistes fáciles y acaba convirtiendo a sus vecinos en motivo frecuente de cachondeo cuando algún extranjero lo visita, a veces sólo para recrearse, o cuando tienen que revelar en público su localidad de origen.
El pueblo es pequeño, apenas cuenta con 104 personas, en buena parte ancianos, y ni siquiera tiene Ayuntamiento propio lo cual se vuelve un problema añadido. Pertenece al municipio de Tarsdorf – a 350 kilómetros de Viena – y el alcalde cada vez que se plantea la cuestión del nombre se lava las manos. Fucking, eso sí, está bien señalizado en la carretera, a la entrada y a la salida, y nunca faltan graciosos que al pasar por allí se detienen a hacer unas gracietas en el café de la plaza e incluso a llevarse los indicadores como souvenir para sus despachos.
Estos días la polémica ha arreciado porque uno de los vecinos más influyentes se ha empeñado en promover por enésima vez el cambio de nombre de la localidad y así acabar de una vez por todas con el problema. Pero la mayoría de sus paisanos se niegan a cambiarle el nombre e incluso a someter la decisión a referéndum. Y recuerdan que hace un tiempo ya se hizo una consulta popular al respecto y fue rechazada de plano por la casi totalidad del censo. Muchos dicen que les parece bien el nombre, que será ridículo pero que su pueblo lo conserva a mucha honra desde el siglo VI, cuando fue fundado, y que quienes lo vean jodido pueden opinar como quieran porque la realidad es que ellos están contentos.

Multas: Si no tienen para comer

19 de marzo de 2012



A los mendigos de Valladolid, que bastantes desgracias enfrentaban ya teniendo que pedir limosna para comer, los males no cesan de acosarles. Ya no es sólo el frío de la intemperie ni la actitud de algunas personas que lejos de contribuir con unas monedas se limitan a responderles al pasar: “Trabaje como trabajo yo”, tal y como si trabajar fuese posible en estos tiempos. Ahora también es el malhumor de los guardias municipales que siguiendo las instrucciones del Ayuntamiento, les obligan con cara de malas pulgas a abandonar la esquina, a correr con sus escasas pertenencias bajo el brazo cuando les ven aparecer por el fondo de la calle y, si son atrapados, que Dios y el Patrón de la ciudad no lo permitan, a pagar una multa.

Una multa, sí, en metálico, que puede llegar a los setecientos cincuenta euros e incluso al doble en caso de reincidencia. Al margen de las consideraciones que unas ordenanzas municipales tan despiadadas despiertan, al margen del derecho insoslayable de las personas a buscarse lícitamente la vida y a ser objeto de la caridad de los demás seres humanos, al margen, ya digo, de estas cuestiones, uno también se plantea la pregunta: ¿De dónde van a sacar los pobres mendigos vallisoletanos setecientos cincuenta euros para pagar una multa? ¿Mendigando, implorando a los transeúntes una ayuda ya no para un bocadillo, que eso al parecer pasa a segundo plano, sino para ponerse a bien con la Hacienda municipal?

Y, si no pagan, que será lo más normal y lógico, que va a hacer el Ayuntamiento, ¿embargarles el cartón que despliegan por las noches para taparse y evitar quedarse congelados durante el sueño? Al margen de estas preguntas, tan proclives a la ironía, se impone otra: ¿Con qué derecho el Ayuntamiento de Valladolid puede oponerse a que unas personas sin suerte en la vida para presidir bancos o acceder a la Alcaldía de la ciudad, se busquen la manera de sobrevivir sin amenazar con una navaja a nadie ni romper el escaparate de un supermercado para robar una botella de leche? Es triste que en tiempos de miseria colectiva un Ayuntamiento, que debería serlo igual de ricos que de pobres, se comporte con tics de insensibilidad humana tan deplorables.

Teodorín

4 de marzo de 2012

En Guinea Ecuatorial, que pesar del petróleo sigue siendo uno de los países más pobres de Africa, es decir del mundo, tienen en nómina pública a uno de los mayores despilfarradores de bienes ajenos que a alguien con sentido común quepa imaginarse. Se llama Teodoro Obiang, como su padre, el dictador perpetuo de la plaza, pero se le conoce en los ámbitos internacionales de la ostentación y el consumo desmesurado por el diminutivo de “Teodorín”, nombre con 43 años en las espaldas más bien de cómic borde y despótico o, si se prefiere, de poquita cosa venida a más.
Poquita cosa sería el tal “Teodorín” si su papá no le hubiese encumbrado enseguida a ministro de Agricultura y Bosques, sobre todo de bosques, porque esa es la condición que le permite sacar tajadas más que millonarias de las talas que sin la más mínima consideración por el medio ambiente ni el más mínimo escrúpulo por la honradez administrativa, están realizando madereros desaprensivos – no es el único que se forra entre tanto chanchulleo – por todo el país. Toda la familia Obiang se está enriqueciendo de manera galopante, ahora con el petróleo.

Pero a “Teodorín” le han tocado las mordidas de la madera y él lo dilapida por el mundo adentro con el mayor desparpajo y la más sangrante ostentación hortera que se recuerda. Compra mansiones, coches, obras de arte, joyas, en fin, lo que le sale al paso con tal de que sea caro. Hace la competencia de manera descarada a los jeques árabes sin que le importe lo más mínimo la miseria que agobia a sus paisanos en Guinea Ecuatorial. Hace unos días la Justicia francesa allanó un piso de no sé cuantos miles de metros que tenía en el centro de París y se incautó de los lujos más disparatados que almacenaban.
La mansión de París, en la que invirtió un montón de millones de euros, daría con creces para solucionar las carencias de las escuelas de su país y lo que el personaje se gasta en comilonas, drogas y putas para pagar a millares de maestros con sueldos miserables. Pero esa mansión no es la única con que cuenta “Teodorín “para alojarse y correr sus francachelas en sus salidas al extranjero. Tiene otras en Estados Unidos y se sospecha que alguna también en España. Aquí, se comenta en voz baja, las autoridades no quieren crearse problemas con su padre y se muestran más permisivas que las francesas con los excesos del hijo golfo, prepotente y desaprensivo de uno de los dictadores más crueles e impresentables que aún quedan en el Tercer Mundo.

El sumidero del crédito

Estas últimas semanas, el Banco Central Europeo, que durante años tan insensible se había vuelto ante la falta de crédito que agobia a empresas, autónomos y particulares, abrió de pronto las espitas y puso a disposición de la banca una verdadera lluvia de millones de euros en un intento por aumentar el circulante monetario y así activar la actividad económica. Apenas hace cinco días, fue medio billón la cantidad que se repartió entre las instituciones bancarias a un interés envidiable del uno por ciento.
Una iniciativa que enseguida cosechó el aplauso general al tiempo que abría nuevas esperanzas -las esperanzas, por tibias que sean, nunca se pierden- de que empezasen a desbloquearse vías de financiación capaces de frenar el desempleo, estimular la inversión y devolverle a la industria, al comercio y a la construcción perspectivas de recuperar el crecimiento. Pero, pasadas las horas, los días, las semanas y los meses, ¿alguien tuvo la suerte de acceder a un euro de ese dinero?
Nada ha cambiado en la sequía crediticia que se venía padeciendo ni se intuyen posibilidades de que eso vaya a ocurrir. Los bancos en general -quizás en algún caso haya excepciones, lo ignoro - están accediendo a ese dinero barato para hacer sus propias inversiones, fundamentalmente en deudas públicas, que les proporcionan rendimientos sustanciosos sin especial riesgo y con unos trámites burocráticos la mar de simples. A los particulares que pagan los impuestos y a los empresarios que generan el empleo se les siguen negando los créditos.
Y eso, no hay que olvidarlo, que oficialmente el beneficio de los bancos consiste en prestar dinero. Pero aquí nos encontramos con algunas circunstancias que pasan de lo esperpéntico y se convierten en lo intolerable. El BCE presta dinero público a los bancos comerciales al uno por ciento para que ellos lo cedan a los organismos públicos con un porcentaje tres veces superior. Simplificando, que los ciudadanos tenemos que pagar intereses brutales por nuestro propio dinero, las entidades bancarias siguen obteniendo buenos beneficios y la gente las pasa canutas para encontrar un trabajo que le permita seguir malviviendo.
El Gobierno de Mariano Rajoy acaba de proponer, en una de las mejores ideas que ha tenido desde que está en el poder, abrir unas líneas de crédito en la banca para que los miles de acreedores de los ayuntamientos y comunidades puedan cobrar las cantidades que se les adeudan. Es una buena iniciativa porque permitirá que muchas empresas o autónomos pueden seguir activos, porque aumentará en circulante y eso animará la economía y porque muchos puestos de trabajo se salvarán. Los bancos lo están estudiando a regañadientes.
Carecen de disculpa para negarse porque para ello van a contar con un pellizco de los nuevos préstamos que les acaba de ofrecer el BCE. Pero como para ese dinero tienen otros destinos más sustanciosos, la propuesta oficial no puede por menos de hacerles torcer el gesto y asumirla con condiciones draconianas. Pretenden adelantar el pago a los acreedores municipales, sí, pero a cinco años, con la garantía del Estado y con un interés del cinco por ciento, es decir, cinco veces superior al que a ellos les está costando el dinero público que el Banco Central Europeo está abierto a proporcionarles.

¡HASTA SIEMPRE...!


Lo siento, pero en estos momentos no me siento capaz de escribir. Acaban de anunciarme que Juan Ramón Pérez Las Clotas, Clotas a secas en mi recuerdo, ha muerto. Estaba conduciendo y sentí que se me nublaba la vista lo mismo que ahora se me nubla frente a la pantalla. Fue la primera vez que comprendí que el teléfono en el coche es un gran peligro. Fueron miles los recuerdos que en pocos instantes se agolparon en mi mente y varias horas después me siguen embargando. Por eso ahora, ante el reto de expresar alguna idea coherente sobre la noticia, me siento incapaz de expresar lo más elemental, que es lo que siento, la angustia que me invade, la gratitud que le profeso, el dolor que empaña mis ojos.
Es la segunda vez que me ocurre algo parecido con Clotas como protagonista. La primera fue hace muchos años. Clotas era nuestro maestro indiscutible, el de varios excelentes periodistas futuros como Graciano García, José Vélez, Juan de Lillo, Evaristo Arce y de algún modo también, de Víctor García de la Concha, el que entre todos más alto llegó en las duras alturas del prestigio, y sin duda el que más aportaciones legará en un futuro, que deseo muy lejano, a la Cultura.
Permitidme que me desahogue recordándolo. Yo era un aprendiz -de hecho todavía lo sigo siendo- a quien Clotas enseñaba con su resuelto bolígrafo cambiando párrafos de las informaciones que le entregaba, suprimiendo frases superfluas, añadiendo expresiones clarificadoras, o tachando palabras pedantes. A primera vista diagnosticaba los trabajos con rasgos ininteligibles salvo para los linotipistas, los enriquecía con titulares imaginativos, les daba el toque de su intuición para la noticia y, en más de una ocasión, te los devolvía con la mejor de sus sonrisas, que tan sabia autoridad reflejaba, para que te sentases a la máquina y los escribieses de nuevo.
A mis alumnos en la Universidad, bastante proclives a considerar censura o manipulación cualquier observación proporcionada por el oficio o la experiencia, les conté aquella anécdota, que entonces me resultó casi traumatizante infinidad de veces. Llegó a Oviedo el circo de Ángel Cristo y Clotas me encargó que hiciese un reportaje. Yo estaba ansioso de popularidad y vi en el encargo la gran ocasión. Incluso probé a asomarme con el domador a la puerta entreabierta de la jaula de los leones. Vélez perpetuó con una de sus excelentes fotografías mi temblor de piernas que no cesó ni siquiera cuando ya en el periódico intenté contar la experiencia en la media página que tenía reservada.
A trancas y barrancas escribí un relato, Clotas lo miró con desconfianza y sin mayores comentarios me indicó que lo rehiciese. Y lo rehice, pero no con mejor suerte. Enseguida me aportó algunas sugerencias para que lo intentase de nuevo. Así hasta seis veces. Nunca añoré una dentellada a tiempo de aquel león furioso que me hubiese librado de tanta vergüenza. A la séptima vez, lo arrojó a la papelera y, sin perder los nervios ni mandarme a picar piedra, o directamente a hacer puñetas, que quizás es lo que yo hubiese hecho, me dijo:
-Déjalo. No le has cogido el tono. Ya no te va a salir. La próxima vez preocúpate más de lo que estaba ocurriendo con los payasos, las trapecistas y las propias fieras. Es lo que le interesa a la gente. Tus sensaciones y tembleques a los que van a pagar la entrada les traen sin cuidado.
Fue con quien más aprendí, aunque no fue el único del que recibí lecciones de periodismo, y aquí no puedo por menos de recordar a Paco Arias de Velasco y a Luis Alberto Cepeda. Cuando estaba de corresponsal en el extranjero y venía a Asturias estaba deseando verlo pero siempre inquieto ante el temblor de piernas que me provocaba, no ya el recuerdo frustrante del león del circo, si no la duda de sus opiniones. Siempre eran tan sencillas y cordiales como incisivas y acertadas. Algunas me apresuraba luego a tenerlas en cuenta porque eran lecciones profesionales tan brillantes como en extremo honradas, con el valor añadido de proceder del mejor maestro que siempre he reconocido haber tenido

Memoria flaca

24 de febrero de 2012

Casi todos los días leemos o escuchamos noticias que reflejan la prepotencia política y económica germana en estos momentos generalizados de crisis en todos los países que Alemania tiene por vecinos, socios y aliados. El Gobierno de Berlín, encabezado por Angela Merkel, no se está caracterizando por su solidaridad con quienes enfrentan problemas ni mucho menos con quienes sufrieron sus agresiones y sadismos y si embargo, cuando llegó la hora de su hundimiento, no dudaron en aportar su granito de ayuda para que pudiese salir del hoyo en el que la había sumergido su ambición imperial.
Nadie parece acordarse ahora de lo que hizo la Alemania nazi y de la contribución universal para que consiguiese recuperarse de sus monstruosos errores hasta acabar convirtiéndose en la potencia que hoy impone sin compasión penas y quebrantos para los demás.
Grecia, que últimamente es su víctima más propiciatoria, sufrió por los años cuarenta una invasión escalofriante de su soberanía y una represión terrible de los nazis, es decir, de los alemanes que ahora tal parece que quieren volver a repetir su agresión cegándoles a sus sufridos habitantes todas sus formas de vida. Sería bueno que las autoridades alemanas mirasen atrás y si no lo hacen, que alguien se lo recuerde.
Ningún país europeo tiene más motivos para permanecer callado en su memoria que la Alemania resurgida de sus escombros gracias a la ayuda exterior, comenzando por el borrón derramado sobre sus crímenes para que pudiese recuperarse e incardinarse de nuevo en la sociedad mundial con voz y voto.
Si alguien en el mundo contemporáneo acumula más razones para ayudar a los demás, y particularmente a quienes fueron sus víctimas, es la Alemania de Angela Merkel que incluso usufructuó no hace mucho todavía la tolerancia y el respaldo de las sociedades democráticas para librarla del comunismo y propiciar su reunificación. Pero, evidentemente la memoria es flaca y la de la señora Merkel más que flaca, escuálida.

¿Dónde están las pesetas?...

4 de febrero de 2012

Al parecer todavía hay por ahí pesetas sin cambiar por un importe estimado de 1.707 millones de euros. Un pastón, desde luego. Lo que no se sabe es dónde están guardadas, quizás embutidas en calcetines, debajo de colchones o en alguna alacena secreta oculta tras un cuadro. Nadie sabe ni parece preocuparse por su paradero, pero el Banco de España lleva la contabilidad de las que siguen sin volver a su redil y de vez en cuando lo recuerda. Todos los días acuden a sus ventanillas personas, mayormente de edad, con unos cuantos billetes para cambiarlos.
Me dicen que a muchos se les ve temblorosos y desconfiados, mirando a derecha e izquierda antes de sacarlas de la cartera, tal y como si fuesen conscientes de que están haciendo algo mal. Y nada menos cierto. Las leyes no prohíben tener pesetas apolilladas en casa ni resistirse a cambiarlas por euros que, dicho sea de paso, a veces salta a los periódicos sumido en dudas sobre su futuro. La posibilidad de cambiarlas sigue abierta sin que nadie al otro lado de la ventanilla pregunte por su origen ni recrimine por retrasarse tanto. El funcionario las cuenta, calcula, reintegra y ya está.
Pero estarán conmigo que el misterio de dónde están, quién las tiene y, quien las tiene por qué las guarda con tanto celo, despierta curiosidad y de vez en cuando la sospecha de que al menos en ciertos casos algún temor debe de estar detrás de tan extraño comportamiento. Mil setecientos millones largos de euros son muchos millones y convertidos en pesetas se convierten en un atragantón de ceros que muchos mortales no acertamos a digerir. Yo he estado rebuscando y he encontrado unas cuantas, desde luego menos de cien, en calderilla variada que se quedaron en los cajones, pero hasta 1.707 millones de euros aún quedan muchas por localizar.

Gran Hermano Padre

29 de enero de 2012

Gran Hermano, el programa que con tanto éxito lidera la degradación de los contenidos audiovisuales, se ha apuntado al más difícil todavía y en su nueva oferta de temporada va a contar con la participación de un cura, un sacerdote que va a compartir tentaciones y miserias con lo mejor de la casa.
Se llama Juan Molina, es profesor de religión fuera de las horas de liturgia, amante de la música heavy más que del canto gregoriano, y motero en sus ratos libres. La jerarquía eclesiástica correspondiente no ha visto con buenos ojos su iniciativa ni entiende que su presencia pueda contribuir a evangelizar a sus compañeros de experiencia ni a ejemplarizar a quienes van a seguirla a través de la pequeña pantalla. De momento le ha prohibido expresamente decir misa en el esperpéntico recinto y, eso no me consta, confesar a sus compañeros arrepentidos.
La Iglesia también atraviesa momentos de crisis, quizás no tanto económica como los gobiernos y las familias, pero sí de imagen y de ejemplaridad moral. Muchos religiosos, mayormente curas, son víctimas de las tentaciones que el diablo, que no descansa ni para ir al cuarto de baño, difunde lo mismo entre los extraños como entre los propios. El Sexto Mandamiento, que tanto nos trae a maltraer a muchos, se rebela bajo las sotanas y lo mismo hace peligrar los votos de castidad en sus diferentes versiones, empezando por la que ofrece la pederastia que desafían su condición pasándose con armas y bagajes al dulce encanto del pecado.
No estoy diciendo, por supuesto, que el padre del Gran Hermano, el sacerdote Juan Molina, sea uno de esos habilitados para perdonar los pecados que luego sean los primeros en cometerlos. Pero sí que su presencia en un programa de TV de semejante naturaleza y trayectoria como GM, donde el personal no escaquea la promiscuidad, choca y chocará mucho más a determinadas conciencias.

BALTASAR GARZON

28 de enero de 2012

La imagen de la Justicia, que en España es manifiestamente mejorable, enfrenta estos días un nuevo reto predestinado de manera inevitable a la polémica. Los juicios por triplicado a que está siendo sometido el omnipresente caudillo de la Judicatura Baltasar Garzón -el primero ya visto para sentencia- desconcierta a la opinión pública y casi podría decirse que divide a la sociedad. El juez ahora convertido en justiciable ha cometido errores de bulto, ha exhibido una vanidad impropia de su profesión y, quizás -eso tendrán que decidirlo sus, todavía, colegas- ha incurrido en responsabilidades condenables. Pero también es evidente que durante bastante tiempo fue un juez diligente y comprometido con su función. En una etapa, que por desgracia aún no ha terminado, en que la administración de Justicia no conseguía su propia transición, Garzón consiguió dinamizarla y comprometerla más de lo que estaba en la lucha contra las manifestaciones más graves de delincuencia que los nuevos tiempos iban creando: terrorismo, narcotráfico y la corrupción al socaire de la política. Durante este tiempo se ganó simpatías y muchos enemigos. Enemigos no sólo en el mundo de la delincuencia donde era temido; también entre sus propios colegas que en muchos casos si es que no envidiaban su popularidad, rechazaban sus técnicas y censuraban su proclividad al protagonismo. Asegurar que estos enemigos son los que le han llevado ahora a comparecer ante un tribunal es ir muy lejos en las dudas que la imparcialidad que la Justicia despierta, pero es evidente que es lo que en la calle manifiesta una gran parte de la gente. Desde que se inició proceso las expresiones «van a por él» o «le quieren ajustar las cuentas» se repiten con una contundencia rotunda. Aunque desconozco detalles de los sumarios y carezco de conocimientos para establecer mis propias conclusiones, no dudo que algún fundamento tendrán las acusaciones cuando han llegado nada menos que al Supremo. Pero, al mismo tiempo, contemplados los procesos desde fuera, por lo menos los que afectan a las escuchas telefónicas en las prisiones y al proceso a los crímenes del franquismo, saltan a la vista dudas e incongruencias difíciles de explicar. Que un juez sea juzgado por investigar supuestos delitos, choca al menos a los profanos por mucho que se argumente que las tácticas no fueron correctas. Las atrocidades cometidas por la dictadura, sus responsables y sus ejecutores, están ahí, en la Historia, y todavía en la memoria de muchos. Que un juez se haya interesado por ciertas responsabilidades de lo ocurrido, con tanta sangre y represión por el medio, puede haber sido extemporáneo, pero no parece delictivo. No sorprende que incluso hechos ya prescritos puedan ser revisados para que cuando despierten dudas la verdad quede clara. ¿No se está debatiendo todavía lo ocurrido en el Holocausto contra los judíos o, muy anterior incluso, el genocidio armenio que los turcos cometieron y con tanto énfasis niegan? Con los detalles de las escuchas telefónicas a los implicados en la trama Gürtel también pueden suscitarse disquisiciones. Pero que en juez haya tomado iniciativas para aclarar semejantes desmanes no parece que deba ser motivo de una descalificación de esta naturaleza de quien puede haberse excedido o equivocado. Que el juez está siendo juzgado antes que los propios autores de tanta corrupción, y que ese juicio esté distrayendo la atención de la verdadera gravedad de lo que fue la Gürtel, no sé si puede ser atribuido al deseo de algunos de ir a por él, lo que si sé es que se trata de un ejemplo desafortunado de la gradación que una Justicia igual para todos debe establecer entre los delitos.

Adiós 2011, adiós...

31 de diciembre de 2011

Siempre hay gente para todo y a unos pocos les ha tocado el “Gordo” de Navidad, así que estarán contentos, pero pocos españoles, ni demasiados extranjeros, dirán en estas sus horas finales que 2011 ha sido un buen año, digno de recordar. No será porque hace doce meses no nos desgañitásemos deseándonos que nos trajese lo mejor, pero la realidad es que al transcurrir de los días no nos ha proporcionado demasiadas noticias buenas ni motivos para saltar de alegría en su memoria.

Más bien al contrario: casi todo lo que nos deja 2011 son imágenes de trágicas catástrofes, como las secuelas de las de Haití con su destrucción y miseria, o la alarma nuclear de Japón, por no hablar de las hambrunas en el Cuerno de Africa o las matanzas en Libia, Yemen, Egipto o Siria y los atentados terroristas que se multiplican en Afganistán, Pakistán, Nigeria y Turquía. No corren tiempos buenos ni para la libertad ni para la vida ni siquiera para la economía con una crisis galopante que nos devuelve a los tiempos olvidados de pobreza.

Tampoco 2011 se despide con buenos augurios para la paz. En Irak la situación amenaza con saltar por los aires e Irán está llevando sus retos demasiado lejos como para que la paciencia occidental, que no es ilimitada, aguante. El fundamentalismo islámico, en sus diferentes manifestaciones, sigue amenazando aunque Osama Bin Laden ya no está entre los vivos para decretar atentados en cadena. Y las primaveras árabes lejos de abrir horizontes parta la libertad a un mundo que nunca la usufructuó, son un nuevo motivo de preocupación para el año que comienza.
¡Feliz 2012! Y que esta vez no nos equivoquemos, por favor.

Fútbol

6 de diciembre de 2011

Llevamos meses hablando de deudas, con países en bancarrota, regiones, ayuntamientos, empresas,bancos y, por supuesto, familias agobiadas por los números rojos de sus saldos y los compromisos pendientes con sus acreedores, pero quizás la pasión nos invita a olvidarnos del desastre financiero que muestran en España los clubes de fútbol. Las agencias internacionales de calificación de solvencia económica no entran en estas instituciones que manejan desde la opacidad centenares y centenares de millones, que en contadas ocasiones cubren gastos y siguen tirando de largo tal y como la crisis fuese jauja. El fútbol español está hasta las cejas. Pero los perez y demás empresarios, del ladrillo o similares, que capitanean los clubes continúan pujando por los ronaldos con la misma alegría y derroche de siempre. Los gobiernos, unos con mayor rigor que otros, pero todos con realismo, intentan recortar presupuestos y reducir sus déficit, fiscales y presupuestarios. Pero eso a los responsables de los clubes de fútbol les resbala. Lo sorprendente, quiero apresurarme a decirle antes de que se me quede entre las teclas del ordenador, es que los bancos colaboren. Tal parece que el crédito, cerrado a los pequeños empresarios o a quienes necesitan comprar vivienda, siga fluyendo para pagar fichajes tan escandalosos como prescindibles. Bien mirado, conseguir títulos internacionales a precio de oro carece de mérito; no pasa de ser una exhibición de nuevos ricos, igual antes sus predecesores exhibían sus incisivos recubiertos de oro. Jugadores normales, con espíritu deportivo, ansias por competir y vencer, pueden ofrecer el mejor espectáculo deportivo que la emoción del fútbol es susceptible de brindar. En fin, obvio es añadir que el Real Madrid, con todos los respetos a la voluntad de sus seguidores, es la muestra más lamentable de este espectáculo de despilfarro que sus gestores, actuales y pasados, vienen ofreciendo. Es entre todos los clubes españoles el más empeñado, con cerca de setecientos millones de euros, cantidad que se dice pronto, de deuda en su contabilidad. Claro que no es el único y ante su capacidad para captar ingresos, tal vez no sea el más abrumado. Peor lo tienen el Valencia, con 550 millones o el Atlético de Madrid, con 511 por no hablar de algunos más modestos cuyas cifras son no menos escalofriantes. El Barcelona, en cuarto lugar, con 489 millones también lo tiene crudo aunque analizando sus cuentas, si sus rivales están hasta las pestañas, a él el agua sólo le llega al cuello. En tiempos de austeridad como la que se impone, cuando las deudas tanto lastran la imagen del país y acumulan compromisos multimillonarias para asumir sus intereses, las que maneja el fútbol a menudo lastrado además por la corrupción, invitan a rebelarse. Y más cuando en muchos casos acaban en reivindicaciones, con apoyo popular, también hay que recordarle, para que el dinero público, el de todos, acuda en su socorro. Los gastos de los clubes apenas se ven cubiertos en un 34% por sus socios y taquilla. Las televisiones asumen el 35% y el resto tienen que cubrirlo con otros ingresos, subvenciones y créditos. No hace falta ser experto en contabilidad para percatarse de que los cuatro mil millones de dudas acumuladas por los clubes de Primera y Segunda frente a un patrimonio de poco más de trescientos es un disparate que acabará estallando. ¿Es sensato llegar a semejante desastre anunciado? ¿Acaso un enfrentamiento entre rivales clásicos como el Oviedo o el Sporting, sólo con jugadores locales, resultaría menos apasionante que con la mezcolanza de procedencias que ambos equipos suelen alinear?

Contrato sin empleos

El paro sigue subiendo y la OCDE anticipa que esta carrera no se detendrá con la vida nueva que estrenaremos, hartos ya de turrón y cava dentro de un mes. Nadie sabe cómo pararla. Por falta de tipos de contrato laboral, desde luego no será. Puestos de trabajo no existen ni se crean, pero modelos para incorporar a nuevos trabajadores sobran. Hay 39 vigentes en estos momentos. Demasiados para tan escasa oferta laboral. Los hay para todas las necesidades y exigencias empresariales sin que eso implique mayores facilidades para que quienes quieren trabajar encuentren la manera de hacerlo.

Los expertos estiman que la cantidad de modelos de contrato laboral es un disparate y la realidad es que muchos de ellos no se utilizan o se utilizan muy poco. El más habitual, en los difíciles tiempos que corren, es el contrato temporal eventual que permite el despido fácil a las empresas y es el clavo ardiendo al que se cogen muchos aspirantes a un empleo por precario que se vislumbre. Al parecer el PP contempla la posibilidad de cortar por lo sano y reducir la lista a la mínima expresión, incluso a un modelo único que, eso sí, responderá a los deseos de los empleadores de garantizar un despido barato.

Por el medio están fórmulas tan variadas como el contrato indefinido bonificado, contrato a tiempo parcial, contrato fijo discontinuo, contrato de relevo, contrato formativo… es decir, así hasta treinta y nueve. Todo un lío burocrático que en el fondo sólo consigue complicar las cosas a la hora del proceso de contratación.

Poner remiendos es típico de la burocracia española contra la que no puede ni la informática ni el paso de los años. La proclividad es que si las soluciones a los problemas son sencillas pues toca empeñarlas para que no se note. Realmente puestos de trabajo faltan, modelos para hacer los contratos, sobran. Vaya que si sobran.

El año de las goleadas

27 de noviembre de 2011

Dos mil once finiquita sus meses como un año para olvidar. Además de la crisis y los desastres, es poco lo que nos deja para que lo recordemos con la nostalgia de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Si acaso, podría perpetuarse como el año de las goleadas, las políticas mayormente del Partido Popular a su eterno rival socialista, y las de los equipos futboleros que por arriba están que se salen.

Los periódicos hablan de la paliza electoral de Rajoy a Rubalcaba y se olvidan de la pugna entre Mourinho, de tan tristes imágenes, y Guardiola, a la hora de certificar goles de sus onces dispuestos a batir todos los récords golísticos habidos y por haber. Nada igual se había visto en temporadas anteriores. Nos quedan las dudas sobre las razones, si es que el Barcelona y el Madrid son tan buenos o es que sus modestos rivales están extenuados y sus clubs caninos.

Mientras por el centro de la tabla y por la cola aumentan los empates sin goles, muestra elocuente de que la cosa va de mediocridades, por la cabeza las goleadas se repiten cada semana. Y no sólo entre equipos españoles, también en sus enfrentamientos europeos Barça y Madrid siguen repitiendo goleadas de verdadero escándalo. Hasta el Valencia, casi siempre gris, acaba de obsequiar a su parroquia con un 7-0 al desconocido Genk.

La palabra “histórica”, tan manoseada últimamente por la evolución democrática, se ha trasplantado a las páginas deportivas para calificar las goleadas de nuestros equipos en Europa. Se nota, desde luego, lo que los fichajes de sus estrellas han contribuido a incrementar esas deudas y esos déficits que tan putas nos las están haciendo pasar los mercados. Mejor sería, ya lo sé, que en vez de gastar divisas en goleadores foráneos nuestros políticos las invirtiesen en contratar expertos capaces de sacar a flote nuestra economía.

Elecciones aburridas; futuro incierto

20 de noviembre de 2011

Preveo que hoy será un día electoral aburrido, probablemente el más aburrido de los días electorales que llevamos celebrando en democracia. Y no es porque las elecciones generales que decidirán esta noche el futuro Gobierno no sean importantes; lo son, y se celebran en un momento crucial: en plena crisis económica -la más grave después de la II Guerra Mundial, dicen- y, de rebote, en medio de grandes problemas sociales y de una profunda depresión en el ambiente. El entusiasmo de los favoritos brilla por su ausencia y la conformidad de los previsibles derrotados es deprimente. Tal parece que en la calle ni siquiera quedan energías para protestar o para rebelarse como han ensayado sin demasiado éxito los manifestantes del 15-M. Estamos en una etapa difícil, marcada por la injusticia de que quienes nos llevaron a la crisis son en buena medida quienes la están capitalizando y, sin embargo, la paz social que reina en las colas del Inem o en los comedores sociales es absoluta. Hay un cierto catastrofismo en el ambiente que se consuela reconociendo que las cosas están mal, pero lo peor es que aún empeorarán más.
La campaña electoral, que se anticipaba viva y animada, ha sido una plasta, sin ideas de sus protagonistas ni propuesta de soluciones para los problemas, que nadie parece tener. Nadie, ni propios ni extraños, ve que va a poder hacer el nuevo Gobierno para encarrilar un deprimente panorama que supera las capacidades con que cuenta para encarrilarlo. En Grecia y en Italia acabamos de ver cómo los votantes no son ya los que deciden; hay fuerzas superiores con resortes para enmendarle la plana a la soberanía popular.
Entre nosotros, el nuevo Ejecutivo va a disponer de un margen muy escaso para acometer cambios cuyo efecto supere la propaganda que los arropen. No existen varitas mágicas en el actual caos financiero internacional. A los marcados sólo cabe afrontarlos a cara de perro y, ante el poder que han adquirido, eso para un país como España implica arriesgarse a perder. Sólo una conjunción general del poder político internacional, actuando con rapidez y energía, podría encauzar una situación de la economía globalizada que ha descarrilado y nadie sabe o quiere corregir.
A los mercados que cada mañana nos abrasan subiendo el diferencial de la deuda les da igual, exactamente igual, que quien encabece el Gobierno de España sea Mariano Rajoy, Alfredo Pérez Rubalcaba o Perico el de los Palotes. Aquí no hay cuestiones de identidades ideológicas, afinidades políticas o simpatías personales. Lo único que cuenta es la debilidad del objeto al que se le quiere hincar el diente. La deuda y el déficit de los Estados han existido siempre y la actividad financiera mal que bien lo ha ido resolviendo. Pero eso era antes. Ahora los gobiernos han perdido el control de su propia política económica, se han dejado engatusar por las facilidades pasadas para proveerse de dinero en el exterior y para gastar mucho más de lo que podían recaudar, y los acreedores y nuevos prestamistas se aprovechan de su incapacidad para recuperar las riendas. Mucho más importante del resultado que se oficialice esta noche y de los nombres que asuman la responsabilidad de gobernar, el interés está en lo que ocurra mañana; en el margen de confianza que los mercados les concedan. Pero no habrá que hacerse demasiadas ilusiones.

COMO UN DICTADOR

18 de noviembre de 2011

Silvio Berlusconi, el gobernante más impresentable que ha tenido la Unión Europea en lo que va de siglo, ha caído… por fin. Deja detrás una estela interminable de escándalos, chanchullos y majaderías que ya le garantizan un lugar en la Historia de Italia y un puesto a perpetuidad en los anales del ridículo. La gente, que tanto contribuyó a encumbrarle al poder y a sostenerle, salta ahora de alegría en las calles de Roma, Milán, Nápoles o Turín, por poner algún ejemplo, viéndole avanzar derecho a… ¡hacer puñetas!

Pero, coño, razono y me pregunto, Berlusconi no llegó a primer ministro por un golpe de Estado ni se mantuvo en el cargo respaldado por los militares, así que ¿por qué tanta alegría?. Se presentó a unas elecciones y las ganó, volvió a presentarse y fue reelegido, y así unas cuentas veces. Era un primer ministro con todas las bendiciones democráticas - y algunas vaticanas --, no impuso la censura de los medios aunque consiguió el respaldo de una buena parte haciéndose con su propiedad, y gobernó a golpe de payasadas y de tretas de una mayoría parlamentaria que le apoyaba y defendía sus intereses.

Son muchas las críticas y acusaciones que se le pueden hacer pero ninguna en la que no haya que implicar de lleno a muchos millones de sus compatriotas que fueron, que nadie lo dude, culpables al ciento por ciento de haber sido gobernados por semejante esperpento incluso contra la Ley y la Justicia. Italia es un país con experiencia democrática y no se explica cómo un pueblo tan avispado ha podido caer en semejante tentación y perseverar en el empeño de mantener en el poder a un personaje de semejante calaña. Berlusconi ha llevado al país al desastre y, lo que es peor, al ridículo, y ahora, cuando a los mercados ya no les sirve, le despiden igual que si se tratase de un dictador caído en desgracia.

Nunca es tarde y más vale tarde que nunca, pero ahora a ver quien es el guapo que desface los entuertos que deja este personaje que durante años y años hizo de su capa un sayo y de su país un circo con un único clown y muchos burdeles con cliente exclusivo.

EL (mal) EJEMPLO AUSENTE

13 de noviembre de 2011

Estamos atravesando una dura crisis, obvio es recordarlo, y se impone apretarse el cinturón. Esta es una apreciación en la que, matices aparte para no ahuyentar votos, coinciden todos los políticos. Alfredo Pérez Rubalcaba y Mariano Rajoy, los dos aspirantes reales a encabezar el próximo Gobierno, están excepcionalmente de acuerdo. No queda otro remedio que suprimir gastos, reducir presupuestos, ahorrar en definitiva que es un verbo que estos años pasados de vacas gordas estaba cayendo en desuso. Pero una cosa es predicar y otra dar trigo, también es sabido. Y puestos a debatir, que es un recurso en el que ambos habían puesto el lunes sus esperanzas, residuales uno y de trámite el otro, en el intento ninguno de los dos ha dado el ejemplo que de ellos cabría esperar. Además de poner mil tiquismiquis a la organización -la Academia de la Televisión-, vetos a diestro y siniestro, ambos acabaron transigiendo con un derroche económico que, en mi modesta opinión, carece de justificación alguna.
La organización del debate costó más de medio millón de euros, que se dice pronto y cuesta aceptar. Los populares no han querido que se celebrase en TVE, donde hubiese salido casi gratis y los socialistas no se avinieron -y entiendo que no quisieran desairar a la televisión pública-, que se celebrase en una cadena privada. Así que para arreglarlo y sin pensar en costes -¡será por dinero, coño!- se optó por montar el tinglado partiendo de cero. Tal y como si no hubiese platós bien equipados en Prado del Rey, se alquiló un local -el Palacio de Congresos y Exposiciones del paseo de la Castellana-, se instaló adecuadamente con los medios más modernos, se contrató un catering de lujo por si los contendientes e invitados llegaban y terminaban hambrientos y todo pagado a tocateja, claro. Pregunté a uno de los responsables del montaje por qué, por ejemplo, se habían alquilado las cámaras -que seguramente será uno de los capítulos de gasto más elevados- y no se pidieron prestadas a las televisiones que iban a ofrecer la transmisión.
-Parece que no querían que estuviesen contaminadas.
La respuesta era una vulgar ironía quizás bien fundamentada. Pero el hecho, lamentable. Medio millón de euros puede, como creo que dijo el presidente de la Academia y moderador del debate, el precio de algún programa de televisión. Me parece un poco exagerado en las actuales circunstancias de penurias. Pero, en cualquier caso, es una cantidad muy pero que muy respetable que en buena medida se podría haber ahorrado.
Los espectadores nos hubiésemos enterado igual de lo que opinan los dos candidatos, que la verdad no ha sido tan novedoso, y podríamos haber apreciado lo mismo sus cualidades dialécticas sin semejante derroche. Además, y creo que hubiese sido lo más importante, todos nos habríamos quedado con la copla de que los tiempos no están para tirar «p'alante» como se ha hecho. Ignoro con exactitud quién ha corrido con la factura, cómo se ha repartido el gasto y quién se ha beneficiado con los contratos de algunos servicios. Lo podría averiguar sin mucho esfuerzo, pero me da igual. Lo que creo que no da igual es el pésimo ejemplo que, eclipsado tras las pasiones que el debate haya podido despertar, los candidatos, o sus partidos o sus asesores -que con frecuencia tienen que justificar sus sueldos limitándose a aconsejar el color de las corbatas- han dado. Al final, supongo que el medio kilo largo (de euros, no de pesetas) lo pagaremos de alguna manera entre todos.

DEBATES

Algunos seguidores acérrimos de la política, mayormente socialistas, aguardan como agua de mayo el debate de mañana entre los dos candidatos principales a encabezar el Gobierno la próxima legislatura. Para Rajoy, todo parece indicar que el cara a cara o el cuerpo a cuerpo como dirían los cronistas de boxeo, es más que probable que vaya a convertirse en un trámite, comprometido, por supuesto, pero un trámite. No necesitará brillar espectacularmente para lo que ahora mismo más debe de interesarle, que es mantener la cómoda ventaja que le anticipan las encuestas.
Para Rubalcaba, todo es distinto. El debata es, si no la última -porque aún quedan muchos días de campaña y en política los días de tensión electoral pueden convertirse en siglos- es ahora mismo la principal oportunidad que le queda de darle vuelta a las previsiones. ¿Cómo? Pues difícil, desde luego, pero logrando el milagro de convencer a los dos millones largos de indecisos, en muchos casos ex votantes socialistas, que vuelvan al redil ideológico; es decir, que se percaten de que es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer.
La realidad es que la situación está mal, que el panorama es oscuro, pero que desde el Gobierno de un país occidental, miembro de la UE y, sobre todo, parte de la Eurozona, poco diferente de lo que se está haciendo, van a poder hacer los nuevos gobernantes y que no sea lo que está exigiendo las instituciones internacionales, los mercados y lo que recomienda la mayor parte de los expertos, excepciones aparte. La crisis española sólo difiere de las de los vecinos en la gravedad del desempleo y ese es un problema ante el cual las recetas tropiezan invariablemente con la falta de los créditos necesarios para reactivar la economía. Personalmente, soy de los que creen que los debates están sobrevalorados por la opinión pública. Constituyen un buen espectáculo, pero es poco lo que aportan en la práctica a aclarar las ideas a la gente. Los votantes ya conocen a los contendientes, ya saben cómo piensan y qué se proponen, y no es fácil, como tan frívolamente se cree, que el color de sus corbatas pueda ejercer tanta influencia en su forma de pensar. Lo hicieron en otros países y aquí, en la propia España, en el pasado, pero estos debates institucionales más que periodísticos cada vez cuentan menos en todas partes y no sólo por el hastío que ese recurso va creando.
Los defensores rebaten esta creencia recordando la importancia que a lo largo de las primarias y de la propia campaña tienen en EE UU. Pero allí son debates abiertos, a veces incluso a las preguntas del público, con moderadores que guían sus preguntas y repreguntas en función del interés periodístico de los personajes y de las pistas que sus respuestas vayan abriendo. Aquí la tradición, que mañana no cambiará, nos pone ante debates encorsetados, con los temas a tratar bien delimitados, y la actuación del moderador puesta en el cronómetro para que ninguno de los dos hable un segundo más que el otro.
La rigidez es un pésimo elemento a la hora de expresarse y, desde luego, la capacidad de un político para ajustarse a unos condicionantes tan estrictos no tiene por qué ser un mérito importante a la hora de gobernar. La ligereza que se va imponiendo en la política confunde. Puede perfectamente haber un buen presidente del Gobierno que no sea verbalmente brillante. Mañana, en principio, Rubalcaba parte con la ventajada de una mayor agilidad de reflejos y una mejor capacidad de expresión que Rajoy, más reservado y dubitativo en las respuestas. Pero eso es muy poco lo que al fin y al cabo puede representar.

SALDOS DE OTOÑO

27 de octubre de 2011

La familia Ruiz Mateos, refractaria a las leyes del escarmiento, no han esperado a enero, como hacen los grandes almacenes, para saldar el panal de empresas con que estaba empeñada en resucitar la colmena de la abeja. Acaban de abrir los infrecuentes saldos de otoño. Todo estaba, por lo que se ve, tan colgado en el aire que al final las deudas y compromisos financieros impusieron a los nuevos rumaseros una liquidación de emergencia que la familia, claro, atribuirá a la persecución del Gobierno que no les permite las chapuzas y a los bancos que no le permitieron seguir desafiando las leyes de la naturaleza financiera.
Ruiz-Mateos hace años, y por lo que se concluye ahora también sus hijos y nietos, que creen que se pueden adquirir y levantar grandes empresas sin dinero, y luego pasa lo que pasa. Lo suyo es como querer hacer tortillas sin huevos y el resultado acaba siendo desastroso. Bien es verdad que ahora han dado un ejemplo curioso, quizás con la intención de demostrar que lo suyo es viable. Hace unos días, el grupo familiar saldó su imperio, levantado con pagarés a incautos prometidos a precio de oro, y vendió diecinueve empresas, diecinueve, a un precio neto de un euro cada una.
No está mal por un euro convertirse en propietario de una empresa, aunque luego resulte que sea una empresa sin tesorería y, como suele ocurrir con las empresas de Ruiz-Mateos, más teñidas de rojo que la Selección Nacional de Fútbol. La operación no se realizó ni en Wall Street ni siquiera en un despacho anexo a la Bolsa de Madrid. Vendedores y comprador se dieron cita en Belice, extraño país para hacer negocios, bien es cierto, pero seguramente con facilidades para formalizar este tipo de operaciones y, de paso, quizás para hacer algo de turismo mochilero con el producto de la venta.

Darse el codo

19 de octubre de 2011

Esa mala costumbre que tenemos de darnos la mano habrá que irla desterrando. Eso al menos recomienda el eminente virólogo Natham Wolfe, profesor de la universidad norteamericana de Stanford. Y es que, según parece, darnos la mano es "malísimo", así de simple. El científico lo expone con pelos y detalles en su próximo libro, "la tormenta viral", que está a punto de exhibirse en los escaparates. Al parecer, las manos llevan adheridos millones de agentes infecciosos que en los saludos pueden pasar sin percatarnos del riesgo de unos a otros y ser la causa de las enfermedades más variadas y engorrosas.

Últimamente ya los médicos recomiendan lavarse las manos con mayor frecuencia, aunque no todo el mundo les hace caso. Hay quien por ahorrar agua convierte a sus dedos en criaderos y reservorios de microbios. Wolfe hizo sus estudios y está convencido de que si abandonásemos el pernicioso hábito de darnos la mano tal y como si fuésemos franceses, que son los reyes de esta forma de confraternización, nuestra salud nos daría menos preocupaciones. Porque, además, hay algo que olvidamos y es que los agentes infecciosos son chiquititos pero tienen una capacidad de supervivencia hasta de veinticuatro horas, y no sólo en las manos sino en cualquier cosa que las manos hayan tocado.

El doctor Wolfe es comprensivo ante el argumento de que de alguna manera hay que saludarse y despedirse y lo único que se le ocurre es que el apretón de manos lo sustituyamos por una inclinación de cabeza, como ya hacen los siempre prevenidos japoneses, o si se insiste en algún tipo de contacto físico, pues con un toque ligero de codos. Los besos deben quedar reservados para las efusiones amorosos y el choque de narices de los maoríes, pues para las películas con actores bien desinfectados.

Sexo y política

17 de octubre de 2011

Pues, sí, es cierto: la jodienda no tiene enmienda. Todos los días nos deja alguna víctima y no sólo en los matrimonios. Últimamente se ceba mucho en el clero, regular y secular, con pésimos ejemplos que escandalizan a la cristiandad. Pecar contra el Sexto Mandamiento siempre ha sido motivo de especial repulsa entra los curas, pero que los que pequen sean los custodios de la moral, es decir, ellos, es aberrante. Y más cuando el pecado se sale de los prostíbulos o de la convivencia con el ama de las residencias parroquiales y se adentra en el terreno de la pederastia el asunto clama al cielo, nunca mejor dicho.

No hay gremio que se libre de la tentación, de sus caídas y de las correspondientes consecuencias. Incluso sacude a veces la estabilidad de grandes empresas por si los avatares de la crisis no fuesen suficientes para hacerlas temblar en sus cimientos. Con todo, el gremio más afectado por las canas al aire de sus protagonistas es el político y, sobre todo, el gremio político norteamericano. Los estadounidenses no perdonan ni ésta a sus políticos cuando se les abre la bragueta o suelta el sujetador. Aquí en Europa la crisis arrecia más pero los políticos tienen un margen algo mayor para, llegado el caso, echar un polvo fuera de casa. Tampoco muy grande, bien es verdad.

Esta semana uno de los políticos más prometedores de la democracia cristiana alemana ha puesto en un brete a la mismísima Angela Merkel con un affaire del que se habla y no se termina. No se trata, no, de ningún asuntillo de la canciller, nada de eso, que nadie piense mal. Ella nunca ha dado ningún escándalo sexual. Es su hombre en Schleswig-Holstein, Cristian de nombre además de cristiano de ideología, y von Boetticher de apellido. Era el presidente de la CDU y el futuro primer ministro del Estado. Pero la carrera se le ha ido a hacer puñetas cuando se supo que tenía un ligue de cama con una joven de… dieciséis años. Además de adúltero, con una menor lo cual no le convertía precisamente en el mejor ejemplo para promover los valores morales de su condición político-religiosa. Fue destituido de todos sus cargos a la alemana.